LAS EMOCIONES AL EXTREMO, EL MIEDO A LA MUERTE | WOUNDED HUMANITY

LAS EMOCIONES AL EXTREMO, EL MIEDO A LA MUERTE


La substancia sensible es la que representa al reino animal. Es la base de la conducta perceptiva, condicionada y configurada para la protección de la vida. El miedo y la rabia son emociones al servicio de la supervivencia que operan de manera incontrolada como una descarga de adrenalina para salvar la vida o defender su territorio. Las emociones no tienen mesura aparente porque tienen “carta blanca” en su total expresión según la necesidad. Son las fuerzas desbocadas, controladas por la vida para la auto-conservación.

Los seres humanos, a lo largo de la historia para definirnos como especie, nos enfrentamos a esas fuerzas desbocadas como un acto de destilación de nuestra parte animal.
Las emociones no son humanas. Conservamos su esencia, el “e-motion”, un spin de voluntad a algo que nos produce placer.
La vida tal y como la conocemos se basa en los genes como sistema de memoria. Las emociones definen la identidad pues son un impulso de la existencia como memoria. La memoria en estos momentos define a la humanidad porque la substancia predominante es la emocional. Pero más allá de esa memoria acumulada y traspasada genéticamente está la información de cada entidad diferenciada, y que es percibida tal y como es desde la percepción sentible (de sentir), no sensible (de sensibilidad). Para definirlo en su exactitud es necesario generar conceptos diferenciados si no existen. Sensibilidad viene de sensible, de emociones. Sensitividad es relativo a los sentidos. Estos conceptos ya existen de manera diferenciada aunque no se usen mucho. El sentir viene de sentimiento, y la palabra del principio abstracto sería sentibilidad, algo que me atrevo a definir si no existe para poder entrar diferenciadamente en estos conceptos y su desarrollo.

Para lo animales, el miedo o la rabia es su arma de supervivencia. No pueden controlarlo, pues no tiene opción ante la vida y la muerte. No decide, solo vive. El humano, liberado del control de las fuerzas de la supervivencia, tiene la opción de usar el peligro para morir si así es su voluntad. Tiene criterio para ver si algo es peligroso y decidir libremente si vivir o morir. En el humano, el peligro es lo real, tener miedo solo es una opción.
El representante emocional por excelencia es el miedo a la muerte. En el reino animal, la interrupción de la vida suele ser un acto de regulación que la naturaleza lleva a cabo como consciencia colectiva. Que muera un animal en su bosque porque es cazado por otro es parte de la supervivencia de ese bosque. No muere la especie, es como rascarnos la piel, mueren unas cuantas células pero no el generador de células.
En la sociedad, algunas culturas enseñan mejor a llevar la muerte, pero en general, se vive como el acto más traumático de la existencia. Empecemos a por aquí, por entender qué hay tras ello.

Vida y muerte
Podemos darle a estos dos conceptos un significado más amplio. Qué es la vida? Y qué es la muerte? Conocemos el vivir como la existencia en unas funciones a las que llamamos vitales, donde nuestro organismo está en marcha, y/o experimentamos la consciencia, el pensamiento, nos relacionamos, etc. Conocemos el fenómeno del nacimiento y le llamamos la bienvenida a la vida, en cambio, el dejar de ser vida, decimos que es morir.
Veamos ahora el asunto con los ojos de la inmortalidad, empezando por una idea, la reducción a una substancia más ínfima como puede ser un átomo o cualquier partícula elemental. Desde aquí, la muerte solo es un cambio de estado, una transformación. Podemos considerar entonces la inmortalidad de lo más físico? O debemos buscar la inmortalidad, es decir, lo que no cambia, en otras substancias? De momento, os propongo buscarla en lo que conocemos. Lo que yo llamo, “la partícula de la muerte”, el Tiempo.
La inmortalidad no está sometida al tiempo. Algo que no cambia es eterno en su existencia. Quizá esto es más adecuado llamarlo vida según nuestra concepción del concepto. Y la muerte es esa experiencia que sucede en una constante transformación que dura unos 80 años.
Quizá la labor del tiempo es enseñarnos el cambio, algo poco considerado por tratarse de los frutos de la transformación o la transmutación. Dejar de ser algo puede significar ser otra cosa o no ser nada, pero si no es considerada la existencia de esa otra cosa, el transmutar puede considerarse el terror de estar ante el abismo del vacío. Esta es la clave, la humanidad empieza a desarrollar el asunto de “el otro”, que es la consideración de la existencia más allá de uno mismo, un acto muy evidente en la colectiva vida animal, pero no en la humana, pues esta consideración sucede de diferente forma, dado que es la primera vez que sucede de manera real. En un mismo ecosistema, todo es el mismo cerebro, no hay “otro”. La existencia humana organiza la sociedad y las interacciones en base a un principio individual que es cada ser humano. “El otro” es todo aquello que no soy yo, y se comprende desde la autoconsciencia, pues despiertas la consideración de la identidad. Entonces eres capaz de reconocer como entidad diferenciada cada expresión de la existencia. Solo es una manera de concebir el entorno, que sale de la percepción emocional que fundamenta el vehículo del ego en estos momentos. Por eso es fácil escuchar frases típicas “cada uno tiene su verdad”, etc como el punto de vista que condiciona la existencia de la verdad como tal. Cada uno tiene su percepción sí, y es independiente de lo que es en realidad algo, que podemos percibir como idea en un estado de autosinceridad total donde no existen condicionamientos.

“Ser no no ser” escribió un día un hombre de sabias palabras. Una frase que abre las puertas del dolor por algo perdido. El humano, quizá inmortal se debate por su identidad entre las dos fuerzas, el instinto desbocado de su parte animal, y su origen inmortal como ser fuera de ese instinto, y del tiempo.
La TRANSMUTACIÓN de su parte animal requiere tiempo, y a lo largo de su existencia como muerte conoce el impulso de la vida, el spin del movimiento. Entonces siente que ello puede una liberación. El cambio, la muerte que traería su trascendencia.
La Naturaleza, Dios o como se quiera llamar es eterna, perfecta, sí, pero no es libre. La transmutación a partir de una unidad desde la consciencia del todo, sigue siendo parte de ese todo. La consciencia colectiva queda atrapada en su omnipotencia y omnipresencia, pero entonces… Puede entonces salir uno de su esfera usando una herramienta que lleve a la muerte? Y si fuera así, qué surgiría? Un humano, una expresión creativa ordenada y libre.
Los humanos con el miedo a la muerte tenemos el reto de la recuperación de nuestra integridad, y de entender la ley natural de los acontecimientos. La evolución, la transformación de nuestros instintos en cualidades creativas. Desarrollar una cultura en base a la verdad de lo que somos. La integridad ya existe en nuestra naturaleza, solo debemos recuperarla en este tránsito de transformación.
El miedo a morir es el miedo a desaparecer, y es otra de las consecuencias de la falta de integridad, pues desde lo que somos, podemos ver la muerte como cambio, y el cambio como la opción de experimentar otras formas de existir.
Si el miedo en un humano se convierte en algo destructivo de su estabilidad es porque hay más substancia animal que humana.

Existe una ley en el universo que rige el orden natural de las interacciones. Nunca te encontrarás con algo que no puedas sostener, pero esto te adentra en el reto de superar tu propio límite, pues la existencia te lo va a pedir, usando el peligro o el miedo como una manera de avanzar. La verdadera ley siempre nos da confianza, porque explica lo que somos y da coherencia, seguridad porque vemos el orden natural de lo que nos encontramos. “El otro” es el reto del desarrollo humano, desde la substancia emocional es el desconocido, y por lo tanto una posible amenaza. Desde la mente (la substancia humana), es una oportunidad para un nuevo desarrollo.

La opción libre a morir es condición humana, pues es el alma individual quien decide morir, y lo hace como respuesta a la involución

El miedo a uno mismo
Las fuerzas desbocadas representan el descontrol animal en el humano que todavía no ha transmutado sus instintos en lo que respecta a la supervivencia. Esto, en la mayoría no es consciente. Cuando empieza a serlo, se despierta el miedo a uno mismo, que termina con el enfrentamiento a estas fuerzas y su control.
Tener miedo de uno mismo significa tener miedo de esas fuerzas, que son las que controlan la vida y la muerte por encima de tu opción. Tener miedo de uno mismo es tener miedo del resto de la substancia animal que uno lleva todavía, y que vamos destilando a lo largo de nuestras vidas como parte de una transformación / Transmutación natural o forzada. Eliminamos la información animal y con ella la memoria que la sostiene, por eso mucha gente siente que pierde recuerdos. La identidad y sus fundamentos pasan a otra constante, el átomo, para definirnos como mente con instrumentos etéricos. El descubrimiento del plasma y del secreto de la electricidad aportará las respuestas y el nuevo paradigma científico.

© Meritxell Castells

16 julio 2020

Más información: www.substancialibre.com

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